Héroes en mi tejado
Era noche cerrada cuando, el otro día, regresábamos de la universidad a casa. Y nada más doblar la esquina de nuestra calla, nos tropezamos con dos camiones del ejército cargados con focos del tamaño de dos hombres por dos hombres. Las luces se cruzaban en el cielo y lamían los frentes de los edificios. Entre ellos, constantemente, nuestra burguesa terracita.
Estar en medio de semejante película, la verdad, impresiona. Me aferré a la mano de J. y, pasito a paso, dejamos atrás el que, parecía, era motivo de tanta protección: la fiesta que se organizaba en el restaurante del castillo Pitamiglio.
- Lo han comprado unos mejicanos -dijo el portero; los ojos brillantes-. Han alquilado los camiones del ejército para jugar con las luces.
Miré hacia uno de los vehículos. Uno de los soldados llevaba en la mano un bocadillo atravesado de luz.
Fue entrar a casa y lanzarnos hacia las ventanas con la excusa de cerrarlas bien. Atracción por lo prohibido o por ser ametrallados, quién sabe. La duda siempre tiene sombras insospechadas.
Y pronto lo comprobamos. Algo se movía más allá de nuestra terracita. Sí, aquella situada a menos de medio metro del tejado más bajo del castillo. Una sombra veloz que, justo, se escondió detrás de la chimenea del restaurante. Un foco recorrió ese punto. Puse en suspenso el corazón. Pero ahí no había nada.
- ¿Lo has visto? -dijo J.
- ¿Qué? -, aunque lo sabía.
- Ahí hay alguien.
Hubo un movimiento de manta o sábana agitándose tras la chimenea. Una manta negra, ligera, silenciosa.
- Vamos a cerrar -, y traté de no parecer suplicante.
- No.
J. achicó los ojos. Yo, también, pero con cautela.
Y, entonces, salió de la chimenea.
El enmascarado agitaba su capa como si ensayara mentalmente un salto. Un haz de luz serpenteaba a su lado, pero él sólo retrocedía lo suficiente como para evitarlo. Paseaba de un lado al otro de la cornisa. Las botas, flexibles; el sombrero andaluz, calado; los ojos, sin brillo bajo su alero.
Se volvió hacia nosotros. Y agitó la capa.
¿Había una mirada en esa profundidad?
Solté repentinamente la cuerda de la persiana, que cayó con un golpe seco. J. me miró interrogativo.
- No me interesa -, le dije.
Pero un escalofrío cosquilleaba en la nuca. Hay quienes pueden ser Lois Lane. Y hay quienes no queremos -por Dios- que los amantes te salten desde el balcón, escapando de un fogonazo de luz. Comprendo que impresiona a cualquiera. Pero, ahora lo sé, no son mi tipo.
Así que ronroneé:
- Vamos a ver la tele.
nomeacuerdo — 08-05-2006 10:58:10
CheeshireCat — 09-05-2006 01:11:04
Eresfea — 09-05-2006 11:53:31
Dogbert Jr. — 10-05-2006 22:00:27