Sobre la conveniencia de adelantar el año nuevo
Nada de buenos propósitos. Este año, para celebrar Año Nuevo, caí lo más bajo que pude.
Me levanté el día 31 con tal resaca que no logré ni renquear hasta 1. El motivo fue la cena de la noche del 30, con amiguicas y ganas, ilusión e historietas de gallinas.
Ese día salí a las ocho de la mañana con mi mochila para estudiar. Después:
1. Comí con Ander. (Homenaje a Ander, El Grande).
2. Auné -no sé cómo- dos cafés americanos (uno con América del Norte, Nerea; otro con América del Sur, Gonzalo).
3. La gocé en la nueva casa de Elena (no de Troya, sino la buena) enamorada y casada. (Homenaje a Ele y Marimar).
4. Y llegué a la cena como en los viejos tiempos: con mi mochila amarilla y mi forro invernal. Me alegré de no haber cambiado tanto, pese al abucheo general.
Después, de marcha, pedí a todos los camareros de Pamplona que me guardaran la tesis de la mochila. Prefiero omitir comentarios.
A las seis llegué a casa de mis suegros, donde J. dormía. Estuve un rato pensando en la puerta.
Después me quite las botas. Y entré.
Tropecé con un perchero y una silla, que aprovecharon la ocasión para quejarse todo lo que pudieron. Pero a mí me dio igual: nada, para variar, me dolía aquel 30 de diciembre...
Hasta la mañana siguiente.
FELIZ AÑO.
(Feliz año, Luciana y Sebas).
H. — 02-01-2006 20:28:46
Eresfea — 03-01-2006 12:27:12
Cheeshire Cat — 03-01-2006 12:44:53
marina — 04-01-2006 22:28:34